OTELO Y OFELIA - WILLIAN SHAKESPEARE

Hamlet
Ser, o no ser, ésa es la cuestión.
¿Cuál es más digna acción del ánimo,
sufrir los tiros penetrantes de la
fortuna injusta, u oponer los brazos a
este torrente de calamidades, y darlas
fin con atrevida resistencia? Morir
es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño,
diremos, las aflicciones se acabaron
y los dolores sin número, patrimonio
de nuestra débil naturaleza?... Este
es un término que deberíamos solicitar
con ansia. Morir es dormir... y tal
vez soñar. Sí, y ved aquí el grande
obstáculo, porque el considerar que
sueños podrán ocurrir en el silencio
del sepulcro, cuando hayamos abandonado
este despojo mortal, es razón harto
poderosa para detenernos. Esta es
la consideración que hace nuestra
infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto
no fuese, aguantaría la lentitud de
los tribunales, la insolencia de los
empleados, las tropelías que recibe
pacífico el mérito de los hombres más
indignos, las angustias de un mal pagado
amor, las injurias y quebrantos de la
edad, la violencia de los tiranos, el
desprecio de los soberbios? Cuando
el que esto sufre, pudiera procurar
su quietud con sólo un puñal. ¿Quién
podría tolerar tanta opresión, sudando,
gimiendo bajo el peso de una vida
molesta si no fuese que el temor de
que existe alguna cosa más allá de la
Muerte (aquel país desconocido de cuyos
límites ningún caminante torna) nos
embaraza en dudas y nos hace sufrir
los males que nos cercan; antes que
ir a buscar otros de que no tenemos
seguro conocimiento? Esta previsión nos
hace a todos cobardes, así la natural
tintura del valor se debilita con los
barnices pálidos de la prudencia, las
empresas de mayor importancia por esta
sola consideración mudan camino, no
se ejecutan y se reducen a designios
vanos. Pero... ¡la hermosa Ofelia!
Graciosa niña, espero que mis defectos
no serán olvidados en tus oraciones.

Ofelia
¿Cómo os habéis sentido,
señor, en todos estos días?

Hamlet
Muchas gracias. Bien.

Ofelia
Conservo en mi poder algunas
expresiones vuestras, que deseo
restituiros mucho tiempo ha, y
os pido que ahora las toméis.
Hamlet
No, yo nunca te di nada.

Ofelia
Bien sabéis, señor, que os digo verdad.
Y con ellas me disteis palabras, de tan
suave aliento compuestas que aumentaron
con extremo su valor, pero ya disipado
aquel perfume, recibidlas, que un alma
generosa considera como viles los más
opulentos dones, si llega a entibiarse
el afecto de quien los dio. Vedlos aquí.

Hamlet
¡Oh! ¡Oh! ¿Eres honesta?

Ofelia
Señor...

Hamlet
¿Eres hermosa?

Ofelia
¿Qué pretendéis decir con eso?

Hamlet
Que si eres honesta y hermosa,
no debes consentir que tu
honestidad trate con tu belleza.

Ofelia
¿Puede, acaso, tener la hermosura
mejor compañera que la honestidad?

Hamlet
Sin duda ninguna. El poder de la
hermosura convertirá a la honestidad
en una alcahueta, antes que la
honestidad logre dar a la hermosura
su semejanza. En otro tiempo se tenía
esto por una paradoja; pero en la
edad presente es cosa probada...
Yo te quería antes, Ofelia.

Ofelia
Así me lo dabais a entender.

Hamlet
Y tú no debieras haberme creído, porque
nunca puede la virtud ingerirse tan
perfectamente en nuestro endurecido
tronco, que nos quite aquel resquemor
original... Yo no te he querido nunca.

Ofelia
Muy engañada estuve.

Hamlet
Mira, vete a un convento, ¿para qué te
has de exponer a ser madre de hijos
pecadores? Yo soy medianamente bueno;
pero al considerar algunas cosas de
que puedo acusarme, sería mejor que
mi madre no me hubiese parido. Yo soy
muy soberbio, vengativo, ambicioso;
con más pecados sobre mi cabeza que
pensamientos para explicarlos, fantasía
para darles forma, ni tiempo para
llevarlos a ejecución. ¿A qué fin los
miserables como yo han de existir
arrastrados entre el cielo y la tierra?
Todos somos insignes malvados; no creas
a ninguno de nosotros, vete, vete a un
convento... ¿En dónde está tu padre?

Ofelia
En casa está, señor.

Hamlet
Sí, pues que cierren bien
todas las puertas, para que
si quiere hacer locuras, las
haga dentro de su casa. Adiós.

Ofelia
¡Oh! ¡Mi buen Dios! Favorecedle.

Hamlet
Si te casas quiero darte esta maldición
en dote. Aunque seas un hielo en la
castidad, aunque seas tan pura como
la nieve; no podrás librarte de la
calumnia. Vete a un convento. Adiós.
Pero... escucha: si tienes necesidad
de casarte, cásate con un tonto,
porque los hombres avisados saben muy
bien que vosotras los convertís en
fieras... Al convento y pronto. Adiós.

Ofelia
¡El Cielo, con su poder, le alivie!

Hamlet
He oído hablar mucho de vuestros afeites
y embelecos. La naturaleza os dio una
cara y vosotras os hacéis otra distinta.
Con esos brinquillos, ese pasito
corto, ese hablar aniñado, pasáis por
inocentes y convertís en gracia vuestros
defectos mismos. Pero, no hablemos más
de esta materia, que me ha hecho perder
la razón... Digo sólo que de hoy en
adelante no habrá más casamientos; los
que ya están casados (exceptuando uno)
permanecerán así; los otros se quedarán
solteros... Vete al convento, vete.

Escena V

OFELIA sola

Ofelia
¡Oh! ¡Qué trastorno ha padecido esa
alma generosa! La penetración del
cortesano, la lengua del sabio, la
espada del guerrero, la esperanza y
delicias del estado, el espejo de la
cultura, el modelo de la gentileza,
que estudian los más advertidos: todo,
todo se ha aniquilado. Y yo, la más
desconsolada e infeliz de las mujeres,
que gusté algún día la miel de sus
promesas suaves, veo ahora aquel noble
y sublime entendimiento desacordado,
como la campana sonora que se hiende.
Aquella incomparable presencia, aquel
semblante de florida juventud alterado
con el frenesí. ¡Oh! ¡Cuánta, cuánta
es mi desdicha, de haber visto lo
que vi, para ver ahora lo que veo!

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