PULP FICTION -DIALOGO ATRACO
HOMBRE JOVEN:
No, olvídalo, es demasiado arriesgado.
Estoy harto de esa mierda.
MUJER JOVEN:
Siempre dices lo mismo: nunca más,
estoy harto, es demasiado peligroso.
HOMBRE JOVEN:
Sé que siempre digo lo mismo. Y
también que tengo razón, pero...
MUJER JOVEN:
...Pero lo olvidas al
cabo de un día o dos.
HOMBRE JOVEN:
Sí, bueno, pues han quedado atrás
los días del olvido y acaban de
empezar los días del recuerdo.
MUJER JOVEN:
¿Sabes lo que pareces
cuando te pones así?
HOMBRE JOVEN:
Parezco un jodido hombre
sensato, eso es lo que parezco.
MUJER JOVEN:
Pareces más bien un pato.
(Ella imita a un pato.) Cuac,
cuac, cuac, cuac, cuac...
HOMBRE JOVEN:
Pues presta atención porque no lo
volverás a oír. Como ya no lo volveré
a hacer, tú tampoco me oirás hacer el
pato sobre cómo no lo volveré a hacer.
MUJER JOVEN:
Después de esta noche. (Los dos
se echan a reír, )
HOMBRE JOVEN
(con una sonrisa). : Correcto.
Tengo toda la noche para hacer
el pato.
CAMARERA: ¿Alguien desea que le sirva
más café?
HOMBRE JOVEN: Oh, sí,
gracias. Ya tengo suficiente.
Tal como están las cosas ahora, corres
el mismo jodido riesgo que si robaras
un banco. Corres más de un riesgo.
¡Los bancos son más fáciles! Se supone
que los bancos federales no le van
a impedir a uno hacer nada durante
el robo. Están asegurados, así que
¿por qué preocuparse? En un banco
federal ni siquiera necesitas un re-
volver. He oído hablar de un tipo que
entró en un banco federal con un
teléfono portátil y se lo entregó al
cajero. El tipo que esperaba al otro
lado de la línea le dijo al cajero:
«Tenemos a la hija de este hombre,
y si no le da ahora mismo todo su
dinero, vamos a matarla».
MUJER JOVEN:
¿Y funcionó?
HOMBRE JOVEN: ¿Que si
funcionó? ¡Joder si funcionó! El tipo
entra en el banco con un teléfono, nada
de pistolas, nada de escopetas..., sólo
un jodido teléfono, limpia el lugar
y nadie levanta un jodido dedo para
impedírselo.
MUJER JOVEN: ¿Le hicieron
daño a la niña?
HOMBRE JOVEN: Pues
no lo sé. Probablemente, ni siquiera
habían secuestrado a ninguna niña.
Pero lo importante de la historia no
es la existencia o no de la niña, sino
el hecho de que robaron el banco con
un teléfono.
MUJER JOVEN: ¿Quieres
ponerte a robar bancos?
HOMBRE JOVEN:
No estoy diciendo que vaya a robar un
banco. Sólo pretendo ilustrar el hecho
de que, si lo hiciéramos, sería
más fácil que lo que hemos estado
haciendo.
MUJER JOVEN: ¿De modo
que no quieres ser ladrón de bancos?
HOMBRE JOVEN: No. Todos esos
tipos siguen tarde o tem- prano
por el mismo camino: o mueren o
se pasan veinte años en chirona.
MUJER JOVEN: ¿Y tampoco
más tiendas de licores?
HOMBRE JOVEN: ¿De qué hemos
estado hablando? Tampo-
co–robaremos–más–tiendas–de–licores.
Además, ya no es tan divertido
como antes. Hay demasiadas tiendas
de li- cores que son propiedad
de extranjeros, de vietnamitas y
coreanos que ni siquiera saben hablar
jodido inglés. Va uno y les dice: «Eh,
vacía la caja registradora», y no tie-
nen ni puñetera idea de lo que se les
está diciendo. Se lo tornan demasiado a
pecho. Si continuamos así, cualquiera
de esos jodidos hijos de puta va a
hacer que tengamos que matarlo.
MUJER JOVEN: Yo no voy a matar a nadie.
HOMBRE JOVEN: Yo tampoco quiero matar a
nadie. Pero probablemente nos pondrán
en una situación en la que no tendremos
alternativa, o nosotros o ellos. Y si
no son los extranjeros son esos viejos
judíos que tienen la propiedad de
la tienda desde hace quince jodidas
generaciones. Y te encuentras con
el viejo abuelo Irving sentado tras
el mostrador, con una jodida Magnum.
Intenta entrar en una de esas tiendas
con un teléfono en la mano, y ya
verás hasta dónde puedes llegar. Que
se jodan, olvídalo, vamos a dejarlo.
MUJER JOVEN: Bueno, ¿qué otra cosa nos
queda? ¿Un trabajo regular?
HOMBRE JOVEN (se echa a reír) . :
No en toda esta vida.
MUJER JOVEN: Entonces,
¿qué? El joven llama a la camarera.
HOMBRE JOVEN: ¡Garçon, más café!
Luego se vuelve a mirar a la joven.
HOMBRE JOVEN: Este mismo lugar. Llega
la camarera y le sirve más café.
CAMARERA (con retintín) . : «Garçon»
significa chico. La camarera se aleja.
MUJER JOVEN: ¿Aquí? Pero
si esto es una cafetería.
HOMBRE JOVEN: ¿Y qué hay de malo en eso?
La gente nunca roba en los restaurantes.
¿Por qué no? En los ba- res, tiendas
de licor y gasolineras se corre el
riesgo de que le vuelen la cabeza a uno.
Pero en los restaurantes los pillas
desprevenidos. No esperan que nadie les
robe, o no lo esperan tanto.
MUJER JOVEN
(asumiendo la idea). : Apuesto a que en
lugares como éste puedes descartar el
factor héroe.
HOMBRE JOVEN: Correcto.
Estos lugares están asegurados, lo mismo
que los bancos. A los directores les
importa un pimiento. Sólo intentan que
uno salga por la puerta antes de empezar
a derramar cenas por el suelo. En cuanto
a las camareras, olvídalas. No se
arriesgarán a recibir un balazo por lo
que pueda haber en la caja registradora.
A los fregaplatos, que apenas reciben un
dólar cincuenta por hora, les importa un
rábano que le robes al propietario.
En cuanto a los clientes, están ahí
sentados, con la boca llena de comida,
y ni siquiera saben lo que está pa-
sando. En un momento están comiendo
una tortilla Denver, y al siguiente se
encuentran con el pegajoso re- vólver
de alguien delante de las narices.
HOMBRE JOVEN:
Mira, la idea se me ocurrió en la
última tienda de licores en la que
entramos. ¿Recuerdas a todos aquellos
clientes que seguían entrando?
MUJER JOVEN: Sí.
HOMBRE JOVEN: Fue entonces
cuando a ti se te ocurrió la idea de
apoderarte de sus carteras.
MUJER JOVEN:
Ajá.
HOMBRE JOVEN: Fue una buena idea.
MUJER JOVEN: Gracias.
HOMBRE JOVEN: Conseguimos más con lo
que había en las carteras que con lo
que había en la caja registradora.
MUJER JOVEN: Sí, así fue.
HOMBRE JOVEN: Y a los
restaurantes va mucha gente.
MUJER JOVEN: Un montón de carteras.
HOMBRE JOVEN: Muy astuto, ¿no te parece?
La mujer joven, teniendo en cuenta esta
última información, recorre el restaur
a nte con la mir a da . MUJER JOVEN:
Sí, muy astuto.
Está bien, hagámoslo, aquí
mismo. Ahora.
HOMBRE JOVEN: Recuerda,
lo mismo de siempre. Tú te encargas de
controlar a la gente y yo me ocupo de
los empleados.
MUJER JOVEN: Entendido.
Ambos sacan pistolas del calibre 32 y
las dejan sobre la mesa. Los dos se
miran mutuamente.
MUJER JOVEN: Te amo,
Pumpkin.
HOMBRE JOVEN: Te amo, Honey
Bunny.
PUMPKIN
(gritándoles a todos). :
¡Que todo el mundo se quede
quieto! ¡Esto es un atraco!
HONEY BUNNY: Si alguien mueve un
solo dedo, me lo cargo aquí
mismo. ¿Lo habéis entendido?
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